El quesillo es el alma de cualquier celebración y un emblema de la repostería casera que nunca falla. Aunque comparte ADN con el flan, su textura agujereada y su toque de ron lo hacen único. Es un postre de paciencia y cariño, donde el secreto reside en un buen caramelo y una cocción lenta que nos regala un bocado suave, dulce y absolutamente irresistible.
Para el caramelo
60 ml (¼ taza) de agua
150 g (¾ taza) de azúcar
Para el quesillo
5 Huevos
395 g (1 lata) de Leche condensada
395 ml de Leche completa (líquida)
1 tsp de Ron
2 g (½ cucharadita) de Cacao
1 tsp de Esencia de vainilla
Coloca el agua y el azúcar directamente en el molde que usarás para el quesillo. Cocina a fuego medio sin remover hasta que obtengas un color ámbar. Con cuidado de no quemarte (usa un guante o paño), mueve el molde para distribuir el caramelo por el fondo y las paredes. Aparta y deja enfriar.
Precalienta el horno a 190°C. En el vaso de la licuadora, añade los huevos, la leche condensada, la leche, el ron, el cacao y la vainilla. Mezcla a velocidad máxima durante 2 o 3 minutos hasta que la preparación sea completamente homogénea.
Vierte la mezcla en el molde caramelizado. Coloca este molde dentro de un recipiente más grande con agua caliente hasta cubrir la mitad de su altura. Hornea durante 90 minutos (o cocina tapado en la hornilla entre 60 y 85 minutos). Estará listo cuando, al insertar un cuchillo, este salga limpio.
Deja que el quesillo alcance la temperatura ambiente antes de llevarlo a la nevera por un mínimo de 4 horas (lo ideal es toda la noche). Antes de servir, pasa un cuchillo por los bordes para despegarlo con suavidad, voltea sobre un plato y disfruta.